Cuidar las uñas y Keats
La consulta de dermatología es sitio donde solemos ver las uñas, tanto por causa de las enfermedades que pueden manifestarse en ellas, como para el cuidado de su valor estético....
Dermatólogo. Alergólogo. Estética-----Igualatorio--C/Castilla 10, Bajo. Santander, Cantabria. PIDA CITA


Ya sabíamos que los protagonistas de las películas de los hermanos Safdie (Good Time, Diamantes en bruto) trazan un frenético periplo en círculo, apelación al modo de vida en la época de la ansiedad. Que este frenesí no es privativo de nuestros días nos lo muestra ahora la película de Josh Safdie (sin su hermano, pero conservando la colaboración de Ronald Bronstein en el guión y el montaje). En Marty Supreme vemos que el frenesí de una vida en huída hacia delante ya ocurría en los años 50. Pero esa década tenía otra cara, y por eso al contemplar la cara picada de su protagonista vamos a afrontar el tiempo. Y por la cara vamos a hablar de acné, y de la potencia que alcanza la memoria por la música y la caracterización.
(Hoy el acné nos lleva al pasado, en otra película que ya comentamos, nos llevó al futuro)
Un prota granujiento que incansablemente persigue la bola de partido, es la maldición de saberse el espermatozoide elegido. No diré si la peli es redonda, pero desde el principio la forman redondeces. La bola y el bombo (de la lotería) determinan esta odisea, o gesta que se gesta (no es poca ambición querer ganar a James Joyce en el marcador: 9 meses a un día). Y vamos a contemplar este redondo viaje del héroe desde la implosión del tiempo. Es una manera de situar en los años 50 a los espectadores de 2026, y de ella queremos hablar.
Puesto que la nostalgia del espectador común se queda muy corta y no llega más allá de la década de los 80, han decidido que la música de Marty Supreme apunte a los años 80, pero con aire cósmico. Así la música de la película nos ofrece un puente que no alcanza a la época en que transcurre la acción, esos 50 de Ike (Eisenhower), que realmente nacieron de las nuke (los dos bombazos al Japón de 1945, que ahora Marty quiere que sean tres), mas también de Auschwitz, con un pueblo elegido que ya había penado en Egipto. Pues en Marty Supreme asistimos a una acción claramente circunscrita a los 9 meses que dijimos, pero se entabla un peloteo cronológico con el espectador, gracias a la música, que aquí pasa de incidental a fundamental.
Así se llama un tema de la banda sonora compuesta por Daniel Lopatin, es el de la última secuencia de Marty Supreme (secuencia con aroma al final de Pickpocket, de Bresson). Este tema confiere gran intensidad a la resolución del fin, y es también el culmen de todo un recorrido sonoro trepidante. Por fuerza tenemos que hablar de esta banda sonora.
Según ha declarado su director, Marty Supreme ha de entenderse desde el maximalismo, y es obvio que cinematográficamente va con todo. No cabe nada más: un guion pulido y rígido, el coherente diseño visual en la grisura de la fotografía de Darius Kondji, y un esforzado montaje. Y puesto que es una película totalizadora (alguno dirá totalitaria, que no da respiro ni libertad alguna al espectador) también apabulla por los oídos. La fuerza de la vida nos tuerce el brazo con la ayuda de la fuerza de una música que desborda el calificativo de incidental.
Nos gustan de antiguo los discos de Daniel Lopatin, algunos de los producidos como Oneothrix Point Never ya parecían bandas sonoras. Por ello no sorprendió que creara tan brillantemente la música para las últimas dos películas de los hermanos Safdie. Pero esta vez ha habido una mayor implicación de Lopatin, visto que Marty Supreme tiene algo de lógica musical. Se ha publicado que en la creación de la película hubo una estrechísima colaboración entre compositor y director, y se nota.

Elegir la música para una película situada en época pasada es una decisión peliaguda. En Marty Supreme la reconocible música electrónica de Lopatin toma como base al sintetizador (qué mala fama tenían estas bandas sonoras). Y esto le permite mirar tanto al pasado como al futuro. Podemos razonar que el propósito ha sido implicar emocionalmente al espectador, que siempre vive una narración cinematográfica en presente. Y han pensado que, al transcurrir el argumento en un tiempo ya lejano, la música propia de ese periodo no serviría a tal fin, puesto que el contexto musical de los años 50 no es un referente para la mayoría de los espectadores.
Porque la apelación a la nostalgia ha sido deliberada, y para superar un convencional retrato de época, la película se acompaña de canciones de los años 80, y solo algún tema corresponde al propio periodo de la trama, los 50. Además, el score compuesto por Lopatin nos lleva hacia las bandas sonoras de un cierto futurismo, el de los años 70 y 80, en las que bien podían incluirse temas de aire vintage (recuerdo ahora cómo brilla la Canción de Raquel en la banda sonora de Blade Runner). Pero aquí más que Vangelis tenemos un Tangerine Dream puesto al día, música burbujeante entre arpegios y marimbas, en réplica al incesante peloteo argumental. Es un estilo en el que encaja bien una recreación del tema Novus Magnificat de Constance Demby, que con reverencia aparece bajo el impactante título Holocaust Honey.
El juego con el tiempo que permite una música de connotaciones retrofuturistas y la inserción de antiguas canciones, pero que son posteriores a la época en que sucede la historia, ha querido verse como “hauntologia” (obsesión o embrujo con los espectros del pasado), una filosofía fantasmal. La palabra hauntología la ha mencionado el propio Lopatin.
Me parece que es precisamente el ping-pong musical entre nuestro tiempo como espectadores y un pasado difuso, más inconcreto que aquél en que transcurre el argumento, lo mejor de Marty Supreme. Algo se le pide al espectador de esta película, que ponga parte de su memoria, se apela a recuerdos musicales que son parte importante de su vida (y que no tendrán como referente quienes vean esta película dentro de unas décadas). Así, Marty Supreme nos cautiva por su dimensión del tiempo, aunque sea mediante una nostalgia tramposa, sutilmente invoca la necesidad de la memoria.
Nos gustó más Diamantes en Bruto (Bennie y Josh Safdie, 2019), pero también habrá que reconocer que la desenvuelta fluidez de tenía era posible en el marco de una vida como magnitud de su tiempo, cuando el marco de Marty Supreme es más complejo, está en la Historia.
Si la música elegida para picar a la memoria no corresponde a su época, hay un elemento para suscitar nostalgia que sí es coetáneo a la acción desarrollada, y es precisamente el que ha traído a esta película hacia nuestro Blog de Piel. Me refiero a la caracterización del protagonista, que nos traslada a los años 50 al presentarlo con la cara picada de marcas de acné (y además con un “unicejo”). En la misma piel de la cara ya afrontamos los años 50, un momento en el que poco se podía hacer para tratar el acné, ni para eliminar sus secuelas cicatriciales.
Ha sido un complicado trabajo el maquillaje del actor protagonista, mediante la superposición de máscaras protésicas. Y el resultado es tan fino que uno llega a preguntarse si en realidad la que vemos es la verdadera piel de Timothée Chalamet, y si lo artificial es que su acné aparezca camuflado en las otras películas en que lo hemos visto trabajar. Según ha declarado Gwyneth Paltrow, compañera de reparto, a ella también le pareció tan real esta cara marcada que, la primera vez que la vio, le dio a Chalamet el consejo de realizar un tratamiento dermatológico de microneedling para mejorar las marcas.
Mediante la visión constante de esa cara picada, la película encamina a la memoria hacia la piel, pues todo espectador tiene memoria del acné, enfermedad que en mayor o menor medida padece alguna vez todo ser humano. Y la imagen tiene algo turbador porque solemos distinguir el tiempo en la piel hacia adelante (“volver, con la frente marchita”), pero al ver la cara picada en un actor, la memoria nos lleva hacia atrás, como en el caso de la magdalena de Proust. Dijimos que para el juego con el tiempo la música de Marty Supreme era más que incidental, también podemos decir que la caracterización del personaje supera lo superficial.
Bien sabemos que la marca del acné ha llegado a adquirir una cualidad de estigma, razón que puede llevar a nuestros pacientes a la inseguridad y la vulnerabilidad. Precisamente porque en el marco cultural clásico, la cara con acné no ha sido atributo del héroe, merece la pena valorar la complejidad de la imagen acneica. Empezando por los presentimientos positivos que surgen cuando vemos un rostro con acné: notamos verdad, rebeldía, la incipiente quiebra de la inocencia. Y en cuanto a las secuelas, podría detectarse un orgullo por las imperfecciones, como resistencia a las expectativas sociales.
Es posible que en Marty Supreme la imagen de la cara picada ayude a una caracterización multidimensional del protagonista, pues no son estos los tiempos en los que el cine tiraba de estereotipos narrativos o simbolismos cantosos. Pero aun resulta más decisivo que esta imagen muestre, si no la realidad, al menos la experiencia humana real (gracias a la memoria). Y que la experiencia de la enfermedad no es un castigo, ni conviene “psicologizarla”, ya nos lo avisó Susan Sontag –en La enfermedad como metáfora quiso devolver a la enfermedad una visión pura, sin que sea metáfora de nada–. Aunque ella trató fundamentalmente de la literatura, el caso de una enfermedad que se lleva en la cara es el más propicio para recordar esta idea en el terreno del cine.
El proceso histórico para depurar de connotaciones y metáforas a una enfermedad está ejemplificado en el caso del aura romántica que tuvo la tuberculosis en la literatura decimonónica, tiempos en que no había tratamientos efectivos; fue decisivo el avance de la medicina para extinguir ese romanticismo. Así también, hoy día, cuando disponemos de tratamientos efectivos para tratar los granos y sus marcas, la cara picada la vemos más desmitificada que hace 70 años. Paradójicamente, la artificiosidad de una trabajosa intervención de maquillaje en Marty Supreme logra que el espectador actual, que llega a la película con la fachada rehabilitada, se enfrente a una piel con más verdad que la suya.